Aún era primavera.
En aquella época brillaba el sol y el azahar florecía.
Recuerdo que abrimos la ventana y empezó a llover durante dos días enteros.
Como si su alma estuviera ascendiendo y necesitara impulso.
Arriba dejaron caer todas sus penas y le ahuecaron la almohada para que estuviera tranquilo.
Y todo eso ocurrió, lo juro.
Abrimos la ventana y empezamos a llorar.
Pero él volaba porque se liberaba.
Se desprendía de lo mundano mientras llovía y brillaba el cielo con los rayos.
Me asomé y vi las nubes negras agolpándose encima nuestra.
Fue como si, tras su ida, se hubiera llevado con él el sol y el azahar.
Olía a tierra mojada y a frío en los huesos.
Estábamos todos callados mientras lo veíamos sonreír desde arriba.
El agua nos caía en los ojos y se nos revolvía el estómago de rabia.
Pero te juro que al abrir la ventana,
yo lo vi salir y supe que era lo mejor.