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12 de enero de 2015

Outside.


Lo último que me dijo, fue, que tenía que irse.
Nunca volvió. Pero siempre quedó en mi, esa manía de sonreír cada vez que alguien llegaba a casa. Iba corriendo a la puerta y me paraba en medio del pasillo antes de derrumbarme, por completo, dentro de mis propias ruinas. 
Estuve, durante un tiempo, oliendo, por la calle, esa colonia que él utilizaba. La percibía de la gente que pasaba junto a mi en la avenida. Luego, abrazaba el aire para sentirme un poco menos vacía, pero, la cuestión es que nunca llegaba.
Se iría a por tabaco, supuse, durante un largo periodo.
Un día, paseando por el centro de una discoteca, mientras las luces de colores me enfocaban, pude ver que bailaba agarrado de una mentira que tenía el pelo muy diferente al mio y los labios pintados de burdeos. Sus tacones medían el doble de un cigarrillo de los que él fumaba, y su vestido no dejaba nada a la imaginación. 
Me dio por encerrarme cuando el sol me apuntó al coronilla y comencé a robar silencios de donde nunca los hubo. Me tumbé en un colchón más duro que blando y estuve esperando mil días a que él volviera, para que me dijera que ese día no había salido y que había estado toda la noche pensando en mi. Para decirle que le creía.
Esperé tanto que vino la policía a reclamar esos silencios, se me escaparon. Pude salir de la cama y hacer retumbar los oídos de las paredes que me encerraban. No cambié, no era diferente, sentía lo mismo, es más, le quería tanto que fui capaz de cerrar la puerta cuando apareció, finalmente, en el umbral.
Lo último que le dije, fue, que tenía que irse.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Es un relato muy lindo.